Disfrute de una visita a Cuba
Del “very hot” con pellizco incluido de una señora canadiense a uno de los bailarines estables de un hotel cinco estrellas de Varadero a las callecitas de La Habana Vieja, caben tantas cosas, cabe tanto asombro, cabe tanta Cuba.
Pero acaso hay pocas dosis fuertes de Cuba como en La Habana Vieja. Por los que están, por los que ya no están, y por los que vienen, ven, sacan fotos y se van.
Están las mesas tendidas de los innumerables bares cargados de memoria y de fotos de parroquianos ilustres, como el Floridita, con los recuerdos de los años duros de Ernest Hemingway, o La Bodeguita del Medio, con sus paredes tapizadas de retratos con dedicatoria (entre ellos, los de Diego Maradona y Fito Páez) sazonados con arroz a la cubana y el legendario mojito (ron, soda, limón, menta y azúcar), o el Bella Vista, donde toca el piano algún viejo compadre de Compay Segundo.
Según lavoz.com.ar la música suena en cada calle: contrabajo (o bajo) guitarra, piano, maracas, voces y adelante con el son cubano. Son todos empleados por el Estado (asà como los mozos y los encargados de los bares) y entregan lo suyo con un dominio sutil que no hace otra cosa que revelar la fortaleza de una cultura. Y vaya otro mojito.
Pero Cuba, a la que llegamos por una invitación de la empresa Ola, es puro descubrimiento. Es lo más esencial de viajar a la isla. Todos llevan la malla, el bronceador pero por sobre todas las cosas, la intriga, la sed de saber un poco de qué se trata. Sigamos en La Habana Vieja, el corazón de la capital (Patrimonio de la Humanidad), que está de pie desde hace cinco siglos.
Además del Templete, de la Catedral, de los viejos y coloridos hoteles como el Santa Isabel, en medio del rincón más febril, también vive la gente. Y al atardecer, en las calles más desguarnecidas de propuesta turÃstica, salen los niños con su bates de béisbol (a veces con una simple madera) a poner en práctica la felicidad posible, mientras los mayores ven desde sus balcones.
Cordobeses sorprendidos. Hay tantas cosas para ver. Alberto y Teresita, un juez cordobés y su esposa, que visitaron la fábrica de elaboración de cigarros Partagás, no dejan de comentar su asombro luego de enterarse que por las mañanas a los trabajadores les leen las noticias del dÃa y por la tarde un fragmento de una novela clásica. Pero también cuentan cómo bailan las negras y mulatas mientras arman los puros. Lo de la lectura es una tradición de los tabacaleros acaso anterior a la Revolución.
Mientras tanto, la Revolución está omnipresente. Son incesantes los contingentes de turistas que se bajan en la enorme Plaza de la Revolución, rodeada de monumentos y de edificios históricos, e invariablemente se toman (nos tomamos) una imagen frente al rostro silueteado del “Che” Guevara que ocupa todo el frente de uno de los ministerios que miran al gran espacio abierto. El “Che” está en todos lados, en todos los souvenirs, billetes y viejas monedas que los habaneros cambian a los turistas por tres pesos cubanos convertibles (más de tres dólares).
En el Museo de la Revolución, uno de los sitios más visitados, hay que trepar tres pisos y luego empezar hacia abajo el recorrido de lo que fue la historia de los últimos 100 años en cuba, entre fotos, textos y armas y algunas camisas ensangrentadas de los guerrilleros que finalmente triunfaron el 1º de enero de 1959. Todo está hecho para subrayar la épica que hizo de Cuba esta Cuba.
Sentado en uno de los bancos de la puerta del museo, la vista llega hasta el mar, más allá del malecón. Entonces, llega un tal Francisco, bien moreno, y se sienta a conversar sin pedir permiso. No entiende muy bien por qué los argentinos le decimos Maradona a Maradona y no Diego Armando, como le dicen ellos. De inmediato, invita a caminar por las calles de la Habana Vieja, ¿Por qué no? ¿Acaso no dicen que una de las mejores cualidades cubanas para los turistas es la seguridad? Todo concluye con un par de mojitos en un tÃpico bar con buena música.
Mientras, a dos cuadras, bien custodiado, está el yate Granma, con el que Fidel y el “Che”, entre otros, llegaron desde México paran empezar la cuenta final de la Revolución. Parece de cuento, de tan pequeño que es.
La Habana Vieja es el corralito de los turistas.
De regreso al hotel uno verá carteles de Fidel, de los cinco cubanos condenados en Estados Unidos y considerados héroes por haber ido con la misión de desactivar un intento contrarrevolucionario (como dicen los cubanos); verá una peña llamada Fangio (nuestro campeón fue secuestrado antes de la Revolución por las fuerzas de Fidel para demandar atención internacional, experiencia de la que el corredor siempre habló bien de sus captores); verá hoteles tras hoteles, algunos históricos, de aquellos tiempos en los que la isla era “un burdel de los Estados Unidos”, y sobre una pared, una leyenda grande y conmovedora escrita a mano: “Una página en blanco es una poesÃa encadenada”. Tal vez eso es también la Cuba profunda.
Pero antes de partir de La Habana Vieja, está el atardecer sobre el inmenso malecón junto al mar. Hay olas que saltan por encima de la muralla de cemento y uno se estremece un poco: ese es el lugar favorito de los habaneros para pescar y para soñar, o para “romancear”, como dicen ellos cuando se toman las manos en trance de amor.
Del otro lado de la bahÃa está la vieja fortaleza de La Habana, impactante con sus muros y sus torres que defendÃan a la ciudad de la llegada de bucaneros y otros agresores, cuando el lugar era una fortaleza cerrada. Por eso, exactamente a las 9 de la noche estallará un cañón, como lo hace desde hace siglos para anunciar que las puertas de la ciudad se cerraban y habÃa que regresar. La historia es tantas veces conmovedora como el presente.
El tiempo en La Habana. Ya casi en la penumbra, al final de la feria de artesanÃas frente al malecón, los taxis esperan sus últimos pasajeros Hay de todo: el “coco móvil”, un pequeño vehÃculo redondeado de tres ruedas; viejos autos soviéticos como el Lada, y también coloridos, y en sorprendente estado, Pontiac, Cadillac, Plymouth y otros monumentales sobrevivientes de cuando La Habana era el reino de los cabaret explotados por los norteamericanos, antes de la Revolución. El tiempo, en La Habana, no es cosa de un momento, es todo un desfile que pasa sin cesar.
Pocos resisten a la tentación de preguntar: ¿Y, cómo se vive aqu� ¿Funciona o no funciona el sistema? ¿Qué será de la isla después de Fidel?. Las respuestas son varias
Por lo pronto, frente al malecón, se acerca Roberto, un pescador de atardeceres, que pide fuego para encender uno “Criollo”, cortos sin filtro y el humo de su cigarrillo cubano, vuela despacio hasta el malecón, donde las olas no dejan de saltar en un paÃs único hecho de mar y de un pueblo especial que ha vivido y vive una historia singular. Mientras, en los ecos de las esquinas, suena la alegrÃa del son.
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