Es el espejo de agua navegable más alto del mundo, compartido por Bolivia y Perú. El turismo trae bienestar y algo más.
titicaraTal vez hasta perturbado. El lago se debate en una encrucijada. No alcanza a definirse completamente. Su historia consagrada de tradiciones y ritos milenarios, se enmaraña con las movidas actuales de turistas del otro mundo y bonanza occidental.

“¿Hago mal en ofrecerme así, tal cual soy, a todos? ¿No estaré traicionando a mi gente? ¿No estaré burlándome de mis primeros pobladores, de los incas, de los aymaras? ¿Soy de ellos? ¿O soy del planeta entero? ¿Soy de alguien? ¿Como hago para definir mi signo preciso?”.

Según lavoz.com.ar el lago se pregunta y se repregunta. Todavía no pudo encontrar respuestas. No se decide. Pero mientras tanto, sigue latiendo. En la Isla del Sol. En el centro, en el corazón del Titicaca, la Isla del Sol ensaya algunas soluciones al dilema.

A la llegada al lugar, Illampu, un veterano guía aymara, ofrece las primeras especificaciones.

A todo el visitante que arriba, él o alguno de los demás guías, le cobran una “entrada” que rebana de inmediato el misticismo, pero que al unísono brinda una primera verdad: el lago es de todos, cualquiera puede visitarlo, siempre y cuando abone los 10 bolivianos (unos cuatro pesos argentinos) correspondientes al ingreso. Con Illampu y un reducido contingente de turistas, exploramos los vericuetos de la espléndida isla.

Costas azules como el cielo se desparraman por el camino delineado, que va en ascenso al compás de la montaña. El paisaje es un delirio. Durante varias paradas, el improvisado guía irá desglosando todo lo que él y su comunidad aprendieron del lago. Sus misterios, sus leyendas, sus secretos. Las fabulosas ruinas que dejaron los incas darán algunos indicios al respecto.

La historia respira próspera en la isla. El sol brilla como nunca. En un momento del recorrido, Yatiri, un joven integrante de la comunidad, nos hace detener. Hay que controlar los boletos. Tiene el cabello largo y negro, el gesto adusto, la piel morena y recia. Luce imperturbable. El no está muy de acuerdo con el vaivén de turistas, pero tampoco es ingenuo: “El hecho de que venga tanta gente le quita algo al lugar. A mí no me gusta del todo la idea, pero lo que pasa es que con este dinero nosotros podemos acceder a una vida más digna, a una vida mejor” se sincera.

Igual, Yatiri, como el lago, naufraga en algunas dudas: “Al final, no sé si esto es lo mejor para nosotros, porque así como ahora recibimos algo más de dinero con el turismo, hemos perdido muchas cosas. Mucha de la gente que viene no se da cuenta que para nosotros este lugar es sagrado, y a veces no respetan eso”, sostiene y regresa a las melodías de su flauta de madera.

Navegando las alturas. Para llegar hasta el punto norte de la isla, basta con embarcarse en algunas de los pequeños catamaranes que salen desde la costa de Copacabana. Apenas comenzado el trayecto, ya se adquieren las primeras satisfacciones visuales que ofrenda el Titicaca.

El foráneo se pierde en la inmensidad de este espejo de agua gigantesco, el más alto navegable del mundo, ubicado a 3.800 metros de altura sobre el nivel del mar. La magia del paisaje irá deslizándose junto al movimiento de la embarcación, mientras los primeros indicios de la Isla del Sol aparecen en el horizonte.

De fondo, allá a lo lejos, los picos perpetuamente nevados de la cordillera de Los Andes demarcan la trama perfecta. Entonces, el lago conquista todo, se adueña de todo, se convierte en todo. Mientras tanto, el Titicaca se eterniza en sus cavilaciones. Todavía no ha decidido su estampa. Es como si aún sintiera que debe rendir cuentas. Consciente de su responsabilidad histórica, busca el equilibrio.

Ese punto justo que lo conecte con los viajeros del mundo, sin perder su carácter sagrado.

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